sábado, abril 29, 2006

demasiado...

Odio, pero odio demasiado echar a perder cosas mías o de alguien más, por un descuido. Me siento torpe y enojado cuando eso me pasa. No es por el objeto material, es que solo no me gusta fregar las cosas.
Y odio, odio, hacer enojar a una chica bonita, sobre todo si me importa. Y lo acabo de hacer apenas hace diez minutos. Y odio sentirme estúpido por saber que fue mi culpa. Y odio que a veces tengo muy poco tacto para tratar a la gente, y que a veces soy muy cruel y me doy cuenta demasiado tarde.
Y odio, odio mucho cuando no entiendo las cosas. Y cuando no puedo hacer las cosas porque no entiendo cómo se hacen y me frustro y me canso y quiero irme de donde estoy y me siento incómodo dentro de mí mismo.
Y extraño mucho la sensación de ser yo, sin miedo ni represión. Hace mucho que no siento eso. Lo he puesto debajo de cumplir con deberes y haceres materiales. Necesito terminar todo esto, toda esta faramalla de excesos descuidados.
Comencé a leer el Ulises de James Joyce. Me encanta, aunque no lo entiendo, pero eso no lo odio porque lo admiro. No es complejo, solo está tan preciosamente construido que es maravilloso. Como el mundo me parece a veces. Y eso no necesito entenderlo, porque puedo simplemente disfrutarlo. Quiero esa misma sensación para este lado intelectual y para el otro lado, mundano. Y para las emociones, sinceridad. Me canso de todo.
Estoy escribiendo un cuento de ciencia ficción en homenaje a Joyce, a todo el despertar de conciencia que me trae, y la dulce sensación de vida en sus palabras.
Por fin pinté aquél cuadro de desesperación; tan sincero como la tinta que lo forma. Pocos entienden. Necesito amor y desahogo.
Rendirme no es opción. Conocía el tacto del terreno, no niego que lo busqué. Y lo doy todo en un último aliento, húmedo de coraje y deseo y esperanza y debajo de todo ello, todo el Amor que siento por esta vida que a veces me enferma y a veces me llena de plata y olivo y ámbar.
De ámbar quebrado y opaco, como hoy.