
Efectivamente, un trago de mi infancia puede ser demasiado, puede atarantar a cualquiera. Entre el atropellamiento en la esquina de la escuela y dos milímetros a punto de un cortocircuito seguido de una grácil huída, hay mucho por recuperar.
Tengo arañas en la cabeza, tejiendo pensamientos todo el día, atrapando sombras y recuerdos, devorando memorias. Unas usan dedales de latón, otras de porcelana y algunas los usan de metales de colores. Hay, claro está, muchas que no los usan.
Debajo de toda esa maquinaria ordenada, vive la naturaleza en forma pura. Obviamente soy lujurioso, perverso y malvado, aunque constantemente me enfrente en batalla sangrienta contra esto último.
Fe, no la tengo. De verdad, la perdí. Creo con toda mi existencia en cada átomo que compone la sinfonía universal; creo, pero no le tengo fe. O quizá sí, pero es una fe descorazonada y triste. Es una penumbra que, en la reinante desorientación, bien puede pasar por amanecer o atardecer. Pero yo no muero tan fácil, aunque me torture la noche.